El teclado lo tengo yo

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Antes de que me acusen, mi escritorio con choripán y la foto de Spina, cuando todo iba bien

Y voy a escribir lo que yo quiera… y lo que me diga la memoria. Porque muchas veces la historia es cíclica, y la misma metodología que ya resultó equivocada hace 8 años puede llegar a tener iguales o peores resultados, porque las circunstancias cambiaron, pero la efectividad no.

“Alberto planteó un proyecto a dos años, basado en los chicos de inferiores del club, con un presupuesto muy inferior al de las últimas temporadas. Vendrán jugadores, pero los suplentes serán de inferiores. Llegarán 7 u 8 refuerzos”. Las palabras del hasta el entonces ídolo Vicente Stagliano, elegido unilateralmente por el Presidente con un contrato de 2 años en 2009.

Ese semestre llegaron 22 refuerzos, casi ningún juvenil completaba las convocatorias y Morón no pasaba la mitad de tabla. Curiosamente, al menos 15 de los llegados eran representados por el hermano del DT, quien también curiosamente poco tiempo después convenció a uno de sus representados, Marcelo Vega, de abandonar el club cuando por error u omisión no se le envió el telegrama de renovación. Menos mal que Alberto tenía la lapicera.

Pero había tiempo para más. Porque llegó diciembre y el DT decidió echar a varios, incluidos a dos de los que más habían rendido: Ceferino Denis –“estás yendo para atrás”, le dijo- y a Javier Grbec –“tu papá me criticó”-. Mientras que Meyer les pidió “perdón, pero tengo las manos atadas”. Y con las manos atadas se ve que la lapicera no le sirvió.

Los meses siguientes también demostraron que tener la lapicera no alcanzó: Presidente y DT se pelearon y el primero echó al segundo (años después costó mucho dinero, por más que echen culpas a gestiones ulteriores los juicios laborales siempre se pierden), algunos players dijeron “yo no juego más” (saludos, Julián Cano) y otros “me retiro” para volver 3 meses después, inhibir y seguir en otro equipo (un abrazo, Lenci).

Pero seamos justos, no todo ni todos somos los mismos luego de 8 años. Hablemos de 2016 para adelante y omitamos las promesas de transparencia en la información (que no se plasmaron en operaciones como el pase de Mariano Barbieri o el acuerdo con la constructora por las obras que iban a estar listas en abril). Hace un año en este mismo espacio cuestioné los contratos por 2 años porque la experiencia demostró que poco benefician (o beneficiaban, al menos en la B Metro) al club. Hoy, ya con un ascenso consumado, Giménez –importante aunque no tuvo un buen semestre- será un jugador con un sueldo destacado para la segunda categoría gracias a “una cláusula del contrato”. Al mismo tiempo, Javier Rossi tiene otro año más, pero no está conforme y quiere negociarlo. Mientras que todos los que habían firmado por un solo año están renovando sin problemas, se pagará a Giménez un número más alto que si se hubiese negociado hoy una renovación, y se debe negociar con Rossi a pesar de que le queda un año. Ojo, no es contra los jugadores, la crítica es a la gestión.

“Nos dio un ascenso y lo siguen criticando”. Sí, Meyer tuvo mucho mérito en el logro, pero no fue él sólo. Mucha gente trabajó antes y durante su mandato para que pudiéramos dar la anhelada vuelta. Y aunque hubiésemos ganado la Copa Libertadores, el socio de Morón no debe firmar cheques en blanco. Ni a Meyer, ni a Otta –con todo el respeto y la admiración que le tengo- ni a nadie. Y Meyer tomó nuevamente sin consultar a nadie la decisión de armar una nueva Subcomisión de fútbol con dos personas que nada tienen que ver con Morón a cambio de dinero. Sea algo bueno o malo en esencia, lo que se cuestiona es que no informa cuál es el beneficio de la otra parte. Integrantes de esta CD admitieron que el Presidente no acordó la decisión, ni siquiera la informó a sus pares; simplemente lo hizo. Y nadie sabe la respuesta a esa pregunta: ¿qué se llevan a cambio?.

Porque los intercambios de favores siempre existieron, pero el silencio puede volverse elocuente. Hace un año Del Castillo padre acordó con el Presidente la llegada de su hijo Mauricio con la promesa de un sponsor que sería uno de los principales de la camiseta. El “Kuncito” jugó, pero la publicidad jamás apareció en su casaca. Mientras que en enero se incorporó Gianfranco Colángelo, también desde Independiente, y su papá Tomás Colángelo colaboró con algunos miles para la pretemporada. De repente, sin explicación alguna, es el nuevo mandamás del fútbol junto a ese mismo que traería miles y miles pero no aparecieron, aunque tal parece que el Presidente confía esta vez que sí pasará.

Lejos de dar una respuesta, Meyer sólo habla de resentimiento subido a un caballo. Lástima que no recuerde que fueron los mismos socios a los que hoy les da la espalda los que lo pusieron ahí.

Mariano Campos